La Liga
Uno de los pasos más frustrados por el fútbol español de la era reciente fue, sin lugar a dudas, el de Hatem Ben Arfa. Su fichaje por el Real Valladolid generó la expectación y la ilusión obvia del gran jugador que llegaba a tierras vallisoletanas. Un refuerzo de lujo, al menos a priori, para un equipo cuyo objetivo era eludir el posible descenso a la Segunda División y que pedía a gritos algo más de talento en sus tres cuarto de cancha, en ese lugar donde las ideas comienzan a volverse más turbias y espesas y cuesta más inventar. Sin embargo, su fichaje escondía un secreto (a voces): la falta de físico para poder competir en una de las mejores ligas del mundo.
Ahora, el bueno de Hatem Ben Arfa vuelve al lugar donde fue feliz, al sitio del que nunca debió salir para poder seguir deleitando con su calidad y su rendimiento ofensivo: el fútbol francés. Desde hace unos días, se ha convertido en nuevo futbolista del Girondins de Burdeos que actualmente entrena Jean-Louis Gasset. Un refuerzo que, en cuanto consiga ponerse a tono y en la línea competitiva de la Ligue 1, podría marcar las diferencias en uno de los históricos del fútbol galo.
Ya con el Stade de Rennes consiguió que su nombre volviese a escena, y ser considerado ese jugador único y especial, etiquetas que le han acompañado, y con razón, durante toda su carrera al mediapunta. Uno de los agentes libres más interesantes del momento, aunque ahora toca demostrar, y colocar de nuevo ese nombre en la élite de la Ligue 1. Pero Hatem Ben Arfa sonríe, y eso es muy buena señal. Cuando la sonrisa es el principal argumentario de sus días es que algo bueno está muy cerca de ocurrir. Porque todos los jugones sonríen igual.
